Nacer en Cuba es pasarte tus primeros años mirando para el cielo a ver si ya llovían yanquis. Rifle en mano se precipitarían en paracaídas para ultrajar nuestras hectáreas de picadillo de soja y conducirte camino a algún gulag de la base militar de Guantánamo. Desde los libritos de español y literatura donde un miliciano te enseñaba a deletrear la palabra solidaridad, hasta el sellito de “ya sé leer” con una estrella, que de haber tinta habría sido roja y no morada, ya estaba lavado el cerebro para regurgitar orgulloso los logros de la revolución en el matutino. Con todo esto y, en mi caso, babeadas interminables del comandante a la hora de las aventuras, crece el pionerito cubano, forjado con el evangelio de los cánones de Moscú antes de saber bien cómo limpiarse bien el culo. Pero en general la pasabas normal, jugabas a las bolas con los otros pinos nuevos del barrio, aprendías a fajarte y la que te gustaba del aula de al lado te decía que estabas muy gordito y no le gustabas.

Entonces llega la secundaria y aunque las hormonas revueltas no te dejen generar pensamiento político, un adolescente de pantalón azul que sabe menos del mundo que tú te enseñaba de cultura política y que todos tus problemas eran culpa de los gringos. La de malas noches que pasaba la gente en Kentucky pensando en la resistencia heroica de los cubanos, pensaba uno, después de escuchar a Idalberto, el holguinero maestro emergente que ponía la teleclase en el televisor y se iba a putear con la profesora del grupo de al lado. Hasta la matemática se calculaba en porcentajes de resistencia socialista contra el número de patrañas imperialistas.

Irte con tu familia a dar una vuelta de fin de semana por La Habana Vieja implica encandilarse de cartelitos cheos, todos protagonizados por un Fidel Castro sonriente y tabaco en mano con esa mirada que reparte voluntad heroica. El punto es que uno crece convencido de que Cuba, más específicamente la revolución cubana, es el puñetero ombligo del mundo y todos quieren venir a aprender de nuestra tecnología de punta en apagones, producción masiva de cigarros sueltos, ron de sudor de tigre y jineteras con doctorados.

En algún momento uno crece y se le empieza a notar un poco de acné en la cara a la Revolución. El amiguito de la esquina que se fue “pal’ norte” hace un par de años regresa un día y entre mala leche y preocupación sutil te trata como si fuera un viajero en el tiempo que vino a estudiar neandertales. Te cuenta del Gualmar y el Jondipo, su hamburguesa preferida de Maldona y en general te da una perra envidia, casi que quieres que le quiten el pasaje de vuelta pa’ que se quede trabado contigo.

El punto es que en Cuba se crece pensando que la geopolítica global da vueltas alrededor del conflicto de los yanquis contra el pueblo socialista. Y cuando empiezas a preguntarte quién es el bueno y quién es el malo te llega la cartica en el correo: Servicio Militar. Ese es el año de la vida de cualquier cubano con pito en el que más mierda se come, es cine. Ahí todas las nebulosas de cómo va a ser la invasión inminente que en 60 años no acaba de llegar se aterrizan en planes militares. Sobre todo te vas a enterar de cómo vamos a derrotar y humillar a la gusanera de Washington y Miami con nuestros gloriosos tanques soviéticos y las granadas sorpresa de la FAR; la sorpresa es que a veces revientan y a veces no. Ahí también te vas a radicalizar, te enteras de que estás viviendo la fantasía húmeda de un viejo santiaguero coñoesumadre que se ha pasado la vida disparando más balas de las que tiene. La logística del flujo servicio militar a gusano recalcitrante, de haber sido estudiada, dejaría claro que este es el potenciador de disidencia más formidable de toda la isla. En fin, el resultado es la conclusión inevitable de que Cuba es un teatro donde 11 millones de actores ponen en escena las pajas mentales de un grupito de viejos chochos.

Todo esto es verdad hasta que llega proféticamente en 2025 el trompeta, el agente naranja, el MAGA emperor que, repartiendo dos tazas a quien no quiere caldo, le cumplió los sueños húmedos a todos los propagandistas que llevaban décadas gritando que venía el lobo imperial del norte. Y ay, mamá, que sí viene. Hoy un pobre hombre sin casa se para nervioso en la tribuna antimperialista a sudar frío mientras ofrece la sangre de unos ciudadanos que, si no fuera porque la Guiteras se sigue saliendo del sistema, le meterían silla eléctrica hasta que se caiga el SEN completo. Hoy Marquito y Trompo loco le cumplen la profecía a la China y el Fifo, quien cada día se debe alegrar más de verlo todo desde la piedra y no tener que responder por toda la guapería que tiró en vida.

Yo no sé qué va a pasar, creo que lo que más miedo me da es que al final no vengan llegando y tenga que seguir viendo cómo los viejos del Consejo de Estado se reúnen a meterle mano a la dialéctica de la resistencia creativa por 62 mil milenios más. Pero si algún consejillo me da para lanzar es que hay mucha bobería que sacar de la cabeza. El cubano necesita ya ponerse más sofisticado y dejar atrás la sapinguería de que fulano o mengano es el salvador. Tampoco quiero cambiar la baba del comunismo por la baba del próximo machito con pistola que lo reemplace. Si de verdad es la hora de los mameyes hay que enterarse de lo que son las instituciones. Hay que entender que democracia no es una palabrita para señalar a los buenos, y que de tenerla finalmente hay que aprender a dejar de meter el pie. Que vas a tener gente todavía rosadita votando en las elecciones y hay que vivir con eso. Al final no queda más que hacer país juntos como no nos dejan desde hace 67 años y hasta más. La fantasía de guerrillero sabroso de Fidel Castro se queda claramente cortica frente a los buques gringos y un imperio de verdad y no imaginario. No te hagas otra fantasía que termine en papelazo y no canonices a los hombres. El enemigo histórico de los cubanos es el populismo, y el populismo solo se exorciza con coherencia, respeto por la opinión del otro y par de huevos para que no venga otro singao con barba a vender 60 años más de humo.